No es la guitarra, es cómo tocamos: lecciones de la consulta popular

El país ya votó y los resultados están sobre la mesa. Algunos celebran, otros cuestionan y muchos simplemente pasan la página. Pero, una vez concluida la jornada electoral, conviene hacernos una pregunta fundamental: ¿y ahora qué?

El primer paso es aceptar el resultado y, sobre todo, respetar la decisión de quienes votaron distinto. La democracia se sostiene en la diversidad de opiniones, no en la descalificación mutua. Sin embargo, por casi dos décadas, la política ecuatoriana ha promovido la idea de que el país se divide en bandos irreconciliables. Esa lógica —tan útil para ciertos liderazgos— ha contaminado incluso nuestras relaciones personales.

Por eso, interpretar esta consulta como un simple enfrentamiento entre correístas y anticorreístas, o entre noboístas y antinoboístas, es perder de vista lo esencial. Las consultas populares no están diseñadas para medir popularidades, aunque los actores políticos intenten presentarlas así. Cuando se consulta sobre cambios a la Constitución, la discusión de fondo es mucho más profunda: ¿qué tipo de país queremos construir?

Los resultados muestran que una mayoría no se sintió convencida por la propuesta del Gobierno. En medio de un clima marcado por la inseguridad, la incertidumbre económica y la falta de claridad política, muchas personas optaron por conservar lo existente antes que apostar por cambios cuyo beneficio no se explicó con suficiente precisión.

Aquí vale introducir un ejemplo sencillo:
Imagina que tu hijo, apasionado por la música, tiene una guitarra. Quiere tocar una canción difícil, pero no lo logra porque apenas practica y la pieza exige esfuerzo. Frustrado, te pide una guitarra nueva convencido de que, con ella, mágicamente tocará mejor. ¿Se la comprarías?
Algo similar ocurrió con la consulta. Para la mayoría, la “nueva guitarra” no garantizaba una mejor interpretación. El problema no estaba en el instrumento, sino en la forma de usarlo. Y así como una guitarra nueva no convierte a nadie en mejor músico, una Constitución nueva tampoco resuelve por sí sola los problemas del país.

Esto nos lleva a un punto crucial: creer que las soluciones llegan cambiando normas es un espejismo recurrente en nuestra historia. Ecuador ha tenido 20 constituciones y, pese a ello, arrastra los mismos desafíos estructurales desde hace casi 200 años. Las normas son herramientas valiosas, pero no son milagrosas. Si criticábamos que la Constitución vigente otorgaba demasiado poder al Ejecutivo, ¿cómo es que ahora se afirma que esa misma Constitución impide gobernar?

Por eso, reducir el “4 a 0” a una derrota del presidente o a un triunfo automático de la oposición es un error. Tampoco debería interpretarse como ignorancia o ingenuidad ciudadana. Lo que expresaron las urnas es, en buena medida, un hartazgo profundo: cansancio ante la confrontación crónica, la violencia creciente y la sensación de vivir bajo decisiones improvisadas que solo aumentan la incertidumbre.

Frente a eso, la responsabilidad ciudadana es ineludible. Criticar al vecino por votar diferente no aporta nada. Informarnos sí. Y aquí surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿leímos realmente la Constitución vigente? ¿Revisamos las preguntas y sus anexos?
Elegir exige información, y esa información no siempre proviene de los discursos de campaña ni de los titulares de los medios. La responsabilidad de comprender lo que votamos es personal.

Entonces, ¿qué nos corresponde ahora?
Dejar de mirar el país como un tablero de bandos, reconstruir puentes de diálogo y asumir un rol activo y maduro en la vida democrática. Exigir resultados con firmeza, pero también entender que ningún gobierno —este ni los próximos— puede suplir con reformas lo que solo la constancia, la técnica y el trabajo serio pueden lograr.

La lección que deja esta consulta es clara: Ecuador demanda certezas, claridad y liderazgo real, no más confrontación ni soluciones mágicas. Si logramos entender esto, tal vez podamos avanzar hacia un país donde el debate no destruya vínculos y donde gobernar no signifique dividir.

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